La vocación por los museos no siempre nace en grandes edificios. A veces empieza en una escuela, en una pequeña colección de objetos curiosos y en la fascinación por la historia y las ciencias naturales. Así comenzó, a fines de los años ochenta, un largo camino personal y colectivo que hoy permite reflexionar sobre la situación de los museos en San Juan de Lurigancho: entre la gloria del esfuerzo comunitario y la pena del abandono institucional.

Fue en la escuela secundaria cuando mostré por primera vez una pequeña colección de objetos curiosos. Me apasionaban las ciencias naturales y la historia, por lo que hacer un museo se convirtió en un propósito personal. En 1990, pude ver la primera exposición relacionada con el distrito, realizada en la Biblioteca Municipal Ciro Alegría; la investigación y el montaje estuvieron a cargo del joven historiador Juan Fernández Valle.
En agosto de 1998, ya formado el Instituto Cultural Ruricancho (ICR), tuvimos nuestra primera exposición itinerante en la biblioteca de la parroquia de Caja de Agua. También realizamos una de nuestras primeras publicaciones y conversatorios. Me resulta difícil recordar la cantidad de muestras que hemos montado hasta la actualidad, pero siempre había una pregunta recurrente de los vecinos: “¿y cuándo nuestro distrito tendrá su propio museo?”.

Uno de los logros más significativos fue la implementación del Centro Cultural del Parque Zonal Huiracocha. Los CREA Lima se consolidaron rápidamente como una experiencia exitosa de integración cultural en espacios públicos, reconocida incluso por su arquitectura e innovación. La Sala Ruricancho, con sus dos niveles dedicados a la historia del distrito, se convirtió en un espacio emblemático y de visita obligada. Su inauguración fue un momento especialmente emotivo, acompañado de una cuidada puesta en escena y un guion museográfico construido desde la memoria local.

A esta experiencia se sumó, en 2014, el espacio museal Haras Lurigancho, una recreación que recuperaba la historia hípica del distrito y el orgullo de una empresa que llevó su nombre. Estos proyectos abrieron el camino a nuevas iniciativas museales comunitarias que involucraron colegios, asociaciones vecinales y gestores culturales, fortaleciendo la identidad local y la valoración del patrimonio.

Destaca, entre ellas, la Galería Pampa Canto Grande, desarrollada junto a docentes de la institución educativa San José Obrero. Con diez años de funcionamiento, esta propuesta demuestra que la cultura puede y debe integrarse al proceso educativo como un valor agregado fundamental. Otras experiencias, como el espacio museal comunitario de Santa Rosa de El Sauce o el museo virtual MUVI —gestado en pleno confinamiento por la pandemia—, evidencian la capacidad de resiliencia y creatividad de la sociedad civil.

Sin embargo, estos esfuerzos contrastan con la escasa respuesta de las gestiones municipales. Los CREA fueron progresivamente abandonados hasta su total desmantelamiento. Durante el retiro de bienes culturales, se constató incluso la pérdida de piezas arqueológicas, sin que existiera una respuesta clara de las autoridades responsables. El espacio del Haras Lurigancho corrió la misma suerte: hoy convertido en depósito y símbolo del descuido.
Pese a ello, los museos comunitarios continúan resistiendo. Mientras tanto, infraestructuras subutilizadas —como el edificio abandonado en la entrada de Campoy— podrían convertirse fácilmente en el museo que el distrito reclama desde hace décadas. Iniciativas recientes, como el espacio museal Entre el Río y la Pampa en el colegio Antenor Orrego, impulsado por el docente Ángelo Valderrama con apoyo del ICR y fondos concursables, mantienen viva la esperanza.

La cultura no es un adorno ni un gasto superfluo. Es una herramienta poderosa de formación ciudadana, prevención social y construcción de futuro. Tal vez por eso incomoda: porque un pueblo que dialoga con su memoria piensa, cuestiona y elige mejor. En ese sentido, los museos —especialmente los comunitarios— no solo conservan objetos; conservan dignidad, identidad y la posibilidad de una historia distinta.
La memoria es poderosa. Y los espacios que la activan pueden resultar peligrosos para quienes prefieren una gloria efímera antes que un legado verdadero.